1929-1932: Capítulo 21. Las masas evolucionan, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 319-337.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 7 de mayo de 1998.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
A los cuatro meses de vida, el régimen se ahogaba ya en
sus propias contradicciones. El mes de junio empezó con
el Congreso general de los soviets, cuyo fin no era otro que brindar
un pretexto político para la ofensiva. La iniciación
de ésta coincidió con una grandiosa manifestación
de obreros y soldados organizada en Petrogrado por los conciliadores
contra los bolcheviques, y que acabó convirtiéndose
en una manifestación bolchevista contra los conciliadores.
La creciente indignación de las masas conducía ,
dos semanas después, a una nueva manifestación que
se organizó espontáneamente y sin requerimientos
de arriba. Esta manifestación dio lugar a encuentros sangrientos,
y quedó en la Historia con el nombre de «jornadas
de julio». El semialzamiento de julio, que surge precisamente
en la mitad del período comprendido entre la revolución
de Febrero y la de Octubre, cierra la primera etapa, y viene a
ser una especie de ensayo general de la segunda. Ponemos fin a
este libro en los umbrales de las «jornadas de julio»,
pero antes de entrar a exponer los acontecimientos que tuvieron
por escena a Petrogrado en este mes conviene detenerse un momento
a observar los procesos que se estaban operando en las masas.
A un liberal que afirmaba a principios de mayo que cuanto más
hacia la izquierda se inclinaba el gobierno más hacia la
derecha viraba el país -huelga decir que por «país»
este liberal entendía las clases poseedoras exclusivamente-,
Lenin hubo de replicarle: «Os aseguro, ciudadano, y podéis
creerlo, que el país de los obreros y campesinos pobres
es mil veces más izquierdista que los Chernov y los Tsereteli,
y cien veces más que nosotros. Y si usted vive, ya lo verá.»
Lenin entendía que los obreros y los campesinos estaban
situados cien veces más a la izquierda que los propios
bolcheviques. A primera vista, esto podía parecer, cuando
menos, infundado, ya que los obreros y los soldados seguían
apoyando a los conciliadores y desconfiaban, en su mayoría,
de los bolcheviques. Pero Lenin iba más allá. Los
intereses sociales de las masas, su odio y sus esperanzas, pugnaban
aún por exteriorizarse. Para ellos, los conciliadores representaban
sólo una primera etapa. Las masas estaban incomparablemente
más a la izquierda que los Chernov y los Tsereteli, aunque
aún no tuviesen conciencia de su radicalismo. Y Lenin tenía
también razón cuando decía que las masas
eran más izquierdistas que los bolcheviques, pues el partido,
en su aplastante mayoría, no se daba aún cuenta
de la magnitud de las pasiones revolucionarias que hervían
en el seno de las masas y que empezaban a despertarse. Y a la
ira de las masas daba pábulo la continuación de
la guerra, el desmoronamiento económico del país
y la funesta inactividad del gobierno.
La inmensa estepa asiático-europea había podido
convertirse en país gracias a las líneas férreas.
La guerra repercutió en este aspecto de un modo gravísimo.
Los transportes estaban desorganizados. En algunas líneas,
el número de locomotoras fuera de servicio llegaba al 50
por 100. En el Cuartel general había documentados ingenieros
que demostraban en sus informes que a la vuelta de medio año,
a más tardar, los transportes ferroviarios se paralizarían
por completo. En estos cálculos entraba en buena parte,
naturalmente, el designio consciente de sembrar el pánico.
Pero no podía negarse que el desbarajuste de los transportes
iba tomando, en efecto, proporciones amenazadoras, que se reflejaban
funestamente en el tráfico de mercancías, contribuyendo
considerablemente a la carestía de las subsistencias.
La situación de las ciudades, desde el punto de vista del
abastecimiento, era cada día más grave. El movimiento
agrario había prendido ya en cuarenta y tres provincias.
El suministro de cereales a los centros urbanos y al ejército
iba reduciéndose de un modo alarmante.
Cierto es que en las regiones más fértiles del país
se almacenaban docenas y centenares de millones de puds de grano
sobrante. Pero las transacciones realizadas a base de precios
firmes daban resultados extraordinariamente exiguos, aparte de
que con aquella desorganización de los transportes era
dificilísimo hacer llegar el grano a los centros. A partir
del otoño de 1916, al frente llegaban, por término
medio, hacia la mitad de las mercancías que debían
llegar. Petrogrado, Moscú y otros centros industriales
no recibían arriba del 10 por 100 de lo que necesitaban.
Reservas, apenas si las había. El nivel de vida de las
masas urbanas oscilaba entre la penuria y el hambre. El advenimiento
del gobierno de coalición fue señalado en este aspecto
por la prohibición democrática de amasar pan blanco.
Han de pasar varios años antes de que vuelva a aparecer
en la capital el «pan francés». Había
escasez de carne. En junio fue racionado en todo el país
el consumo de azúcar.
La mecánica del mercado, rota por la guerra, no fue suplida
por el régimen centralizado a que no tuvieran más
remedio que recurrir los países capitalistas avanzados,
y gracias al cual pudo sostenerse Alemania durante los cuatro
años de guerra.
Los síntomas catastróficos del desastre de la economía
poníanse al desnudo a cada paso. La baja en rendimiento
de las fábricas obedecía, aparte del desbarajuste
de los transportes, al desgaste de la maquinaria, a la penuria
de materias primas y de material auxiliar, a la fluctuación
de personal, a la anormal financiación y, finalmente, al
estado de general inseguridad del país. Las fábricas
más importantes seguían trabajando para las necesidades
de la guerra. Se les habían dado encargos para dos y tres
años. A pesar de todo, los obreros resistíanse a
creer que la guerra continuaría. Los periódicos
daban cifras fantásticas de beneficios de guerra. La carestía
de la vida iba en aumento. Los obreros esperaban que se produjesen
cambios. El personal técnico y administrativo de las fábricas
se organizaba sindicalmente y presentaba sus pliegos de peticiones.
En estos sindicatos predominaban los mencheviques y los socialrevolucionarios.
El régimen de las fábricas se desmoronaba. Todos
los resortes cedían. Las perspectivas de la guerra y de
la economía del país tornábanse nebulosas,
confusas; el derecho de propiedad veíase amenazado. Los
beneficios decrecían y los riesgos aumentaban. En aquellas
condiciones revolucionarias los patronos perdían el estímulo
de producir. En conjunto, la burguesía abrazaba la senda
del derrotismo económico. Las pérdidas pasajeras
experimentadas a consecuencias de la parálisis económica
del país eran, a sus ojos, una especie de gastos generales
que les imponía la lucha contra la revolución y
contra lo que ésta suponía de peligro para los cimientos
de la «cultura». Al mismo tiempo, la prensa sensata
no dejaba pasar día sin acusar a los obreros de sabotear
deliberadamente la industria, de dilapidar los materiales y de
malgastar irracionalmente el combustible para acelerar con ello
la paralización. La falta de fundamento de estas acusaciones
rebasaba todos los límites. Y comoquiera que esta prensa
era la de un partido que, de hecho, acaudillaba la coalición
ministerial, la indignación contagiábase, naturalmente,
al gobierno.
Los industriales no habían olvidado la experiencia de la
revolución de 1905, en la que un lockout, diestramente
organizado con el apoyo activo del gobierno, no solamente hizo
fracasar la campaña de los obreros por la jornada de ocho
horas, sino que prestó un inapreciable servicio a la monarquía,
coadyuvando al aplastamiento de la revolución. Esta vez,
la idea del lockout sometióse al estudio del «Consejo
de los Congresos de la Industria y del Comercio», denominación
inocente por la que se conocía el órgano de lucha
del capital de los trusts y los grandes consorcios. Uno de los
capitanes de la industria, el ingeniero Auerbach, había
de explicar años más tarde en sus Memorias por qué
fue desechada la idea del lockout: «Hubiera parecido una
puñalada por la espalda, asestada al ejército. La
mayoría, teniendo en cuenta la falta de apoyo del gobierno,
se mostraba muy pesimista acerca de las consecuencias de ese paso.»
Todo el mal estaba en la ausencia de un «verdadero»
poder. La acción del gobierno provisional estaba paralizada
por los soviets; los prudentes jefes de los soviets veíanse
maniatados por las masas; los obreros de las fábricas estaban
armados; además, casi todas las fábricas tenían
en sus inmediaciones a un regimiento o a un batallón amigo.
En estas condiciones era natural que a los caballeros industriales
les pareciera reprobable el lock-out, «desde el punto de
vista del interés nacional». Pero esto no significaba
que renunciasen a la ofensiva; lo único que hacían
era adaptarla a las circunstancias, dándole un carácter
transitorio. Para decirlo con las palabras diplomáticas
de Auerbach, los industriales «llegaron, en fin de cuentas,
a la conclusión de que la misma vida se encargaría
de dar una lección elocuente de cosas, al imponer el cierre
inevitable y paulatino de las fábricas, cosa que, en efecto,
empezó a ocurrir muy pronto». Dicho en otros términos,
el Consejo de la industria unificada, al mismo tiempo que rechazaba
el reto del lockout, por entender que llevaba aparejada «una
enorme responsabilidad», recomendaba a sus afiliados que
fuesen cerrando las fábricas una tras otras buscando pretextos
adecuados.
La idea de lockout se puso en práctica de un modo bastante
sistemático. Los representantes del capital, tales como
el kadete Kutler, que había sido ministro con Witte, explayaban
imponentes informes acerca del desmoronamiento de la industria,
bien entendido que la responsabilidad no se achacaba, precisamente,
a los tres años de guerra, sino a los tres meses de revolución.
«Pasarán dos o tres semanas -predecía el impaciente
Riech- y las fábricas empezarán a cerrarse una tras
de otra.» Velada en esta profecía hay una amenaza.
Los ingenieros, los profesores, los periodistas, abrieron en la
prensa una campaña especial, en la que se sostenía
que la medida fundamental de salvación consistía
en parar los pies a los obreros. El 17 de mayo, en vísperas
de su separación ostentosa del gobierno, el ministro e
industrial Konovalov declaraba: «Si en un próximo
futuro la gente no entrara en razón..., asistiremos al
cierre de cientos de fábricas.»
A mediados de junio, el Congreso de la Industria y del Comercio
exige del gobierno provisional que "rompa abiertamente con
el actual modo de llevar adelante la revolución".
Esta demanda, "¡suspended la revolución!",
la hemos oído ya de labios de los generales. Pero los industriales
concretan más sus deseos. "El origen del mal no está
solamente en los bolcheviques, sino que está también
en los partidos socialistas. Sólo una mano firme, una mano
férrea puede salvar a Rusia."
Después de preparar el terreno políticamente, los
industriales pasaron de las palabras a las obras. Durante los
meses de marzo y abril se cerraron ciento veintinueve pequeñas
fábricas, que daban trabajo a nueve mil obreros; en el
mes de mayo, ciento ocho, con igual número de trabajadores;
en junio se clausuran ya ciento veinticinco con un contingente
de treinta y ocho mil obreros; en julio, doscientas seis, que
daban ocupación a cuarenta y ocho mil. El lockout avanza
en progresión geométrica. Pero esto no era más
que el principio. A Petrogrado siguió la industria textil
de Moscú, y tras ésta vinieron las provincias. Los
patronos justificaban el cierre por la falta de combustible, de
materias primas, de materiales auxiliares, de créditos.
Los comités de fábrica intervenían en el
asunto y, en muchos casos, demostraban de un modo irrefutable
que la producción se desorganizaba deliberadamente, con
el designio de presionar a los obreros a conseguir una ayuda financiera
del Estado. Se distinguía por su insolencia la conducta
de los capitalistas extranjeros, atrincherados detrás de
sus Embajadas. En algunos casos, el sabotaje era tan evidente
que, forzados por las revelaciones de los comités de fábrica,
los industriales no tenían más remedio que volver
a abrir sus industrias. Así, poniendo al desnudo una contradicción
social tras otra, la revolución no tardó en llegar
a la más importante de todas: a la contradicción
que mediaba entre el carácter social de la producción
y la propiedad privada de sus instrumentos y recursos. Para imponerse
a los obreros, el patrono no tiene inconveniente en cerrar la
fábrica, ni más ni menos que si se tratara de su
petaca y no de un organismo necesario para la vida de toda la
nación. Los Bancos, que habían boicoteado harto
eficazmente el "Empréstito de la Libertad", abrazaron
una posición combativa ante los atentados del fisco contra
el gran capital. En una carta dirigida al ministro de Hacienda,
los banqueros "profetizaban" la emigración de
capitales al extranjero y la reclusión de los valores en
las cajas de caudales, caso de que se tomaran medidas financieras
de carácter radical. Dicho en otros términos, los
patriotas de los Bancos amenazaban con el lockout financiero como
complemento del industrial. El gobierno se apresuró a ceder.
No hay que olvidar que los organizadores del sabotaje eran gente
honorables que habían tenido que arriesgar sus capitales
amenazados por la guerra y la revolución, y no unos marineruchos
de Kronstadt como otros cualesquiera, que no arriesgaban más
que su cabeza, lo único que tenían que perder.
El Comité ejecutivo no podía por menos de comprender
que la responsabilidad de los destinos económicos del país,
sobre todo después del advenimiento franco de los socialistas
al poder, pesaba, a los ojos de las masas, sobre la mayoría
dirigente del Soviet. La sección financiera del Comité
ejecutivo redactó un amplio programa de reglamentación
de la vida económica por el Estado. Constreñidos
por las circunstancias, cada día más amenazadoras,
las proposiciones de aquellos economistas, muy moderadas todas,
resultaron ser mucho más radicales que sus autores. "Ha
llegado el momento -decía el programa- en muchas ramas
de la industria (trigo, carne, sal, pieles) de que se implante
el monopolio comercial del Estado; en otras (carbón, petróleo,
metal, azúcar, papel) las condiciones aconsejan la constitución
de trusts reglamentados por el Estado, y, finalmente, en casi
todas las ramas de la industria las condiciones imperantes exigen
que el Estado intervenga y reglamente la distribución de
las materias primas y de los productos elaborados, así
como la fijación de los precios... Al mismo tiempo, es
imprescindible someter a un régimen de fiscalización
todos los institutos de crédito."
El 16 de mayo, el Comité ejecutivo, cuyos jefes políticos
estaban completamente desconcertados, adoptó casi sin discusión
las propuestas de sus economistas y las corroboró con un
aviso muy curioso que dirigía al gobierno, según
el cual éste debía imponerse "la misión
de organizar de un modo sistemático la economía
nacional y el trabajo", recordando que había sido
por no haber cumplido con esta misión por lo que "había
caído el antiguo régimen y había sido necesario
introducir modificaciones en el gobierno provisional". Queriendo
hacerse los valientes, los conciliadores se asustaban a sí
mismos.
"El programa es magnífico -escribía Lenin-,
no falta nada en él: ni el control, ni la centralización
en el Estado de los trusts, ni la campaña contra la especulación,
ni el trabajo obligatorio... No hay más remedio que resignarse
a aceptar el programa del "horrendo bolchevismo", por
la sencilla razón de que no cabe otro, ni más salida
a la horrible catástrofe que nos amenaza..." Sin embargo,
todo el problema estaba en saber quién había de
realizar este magnífico programa. ¿La coalición?
La respuesta no tardó en surgir. Al día siguiente
de aprobarse el programa económico por el Comité
ejecutivo, el ministro del Comercio y de la Industria Konovalov,
presentaba la dimisión y se iba, dando un portazo. Lo sustituyó
temporalmente el ingeniero Palchinski, representante no menos
fiel, aunque bastante más enérgico, del gran capital.
Los ministros socialistas no sé atrevieron siquiera a presentar
seriamente el programa del Comité ejecutivo a sus colegas
liberales. No olvidemos que Chernov había intentado, sin
conseguirlo, que el gobierno aprobase un decreto prohibiendo las
transacciones sobre tierras.
Como respuesta a las dificultades, cada día mayores, el
gobierno limitóse a forjar un plan para descargar a Petrogrado,
es decir, para trasladar las fábricas y los talleres de
la capital al interior del país. Este plan se basaba en
consideraciones de orden militar -para esquivar el peligro de
que los alemanes se apoderasen de la capital-, y en razones económicas,
alegando que Petrogrado se hallaba demasiado lejos de las cuencas
de combustible y las zonas de origen de las materias primas. Aquel
desplazamiento hubiera equivalido a dar al traste con la industria
de la capital por una serie de meses y de años. El fin
político perseguido consistía en desparramar por
todo el país a la vanguardia de la clase obrera. Por su
parte, las autoridades militares formulaban petición tras
petición para que se evacuase de Petrogrado a las tropas
revolucionarias.
Palchinski ponía todos sus esfuerzos en procurar persuadir
a la sección obrera del Soviet de las ventajas de aquella
medida. En llevarla a la práctica contra la voluntad de
los obreros no había que pensar, y los trabajadores no
estaban de acuerdo con ella. Esta iniciativa avanzaba tan poco
como la proyectada reglamentación de la industria. La crisis
se agravaba, los precios subían, el lockout tácito
extendía su frente y con él aumentaba el paro forzoso.
El gobierno no se movía del sitio. Miliukov escribía,
refiriéndose a aquellos tiempos: "El Ministerio no
hacía más que seguir la corriente, y la corriente
conducía a los cauces bolchevistas." Sí, así
era: la corriente conducía a los cauces del bolchevismo.
El proletariado era la principal fuerza motriz de la revolución.
Por su parte, la revolución se encargaba de formar al proletariado,
cosa de que éste estaba muy necesitado.
Hemos visto el papel decisivo que los obreros pequeñoburgueses
desempeñaron en febrero. Las posiciones más avanzadas
las ocupaban los bolcheviques. pero después de la revolución
quedan relegados a segundo término. Ahora ocupan la escena
política los partidos conciliadores, que entregan el poder
a la burguesía liberal. La bandera bajo la que navega el
bloque es el patriotismo. Y su presión es tan fuerte, que
la mitad, por lo menos, de los dirigentes del partido bolchevique
capitulan ante él. Al llegar Lenin a Petrogrado, cambia
radicalmente el rumbo del partido, a la par que crece rápidamente
en su influencia. En la manifestación armada del mes de
abril, los obreros y soldados avanzados intenta ya romper las
cadenas del bloque. Pero, después de los primeros esfuerzos
retroceden. Y los conciliadores siguen empuñando el timón.
Más tarde, después de la revolución de Octubre,
se gastó no poca tinta en torno al tema de que los bolcheviques
debían el triunfo al ejército campesino, cansado
de la guerra. Pero esta explicación es harto superficial.
Mucho más cercana de la verdad estaría la afirmación
contraria, a saber: que el papel tan relevante que desempeñaron
los conciliadores en la revolución de Febrero obedecía
muy principalmente a la importancia excepcional del ejército
campesino en la vida del país. Si la revolución
se hubiera desarrollado en tiempo de paz, el papel dirigente del
proletariado se habría impuesto mucho antes, desde el principio.
Sin la guerra, el triunfo de la revolución no hubiera sido
tan rápido y se hubiera pagado bastante más caro,
prescindiendo de las víctimas de la guerra. Pero no habría
dejado margen para que se desarrollase un estado de opinión
patriótica y conciliadora. En todo caso, los marxistas
rusos, al predecir, adelantándose en mucho a los acontecimientos,
la conquista del poder por el proletariado en el transcurso de
la revolución burguesa, no arrancaban precisamente de la
moral transitoria de un ejército campesino, sino que se
fijaban en la estructura de la sociedad rusa desde el punto de
vista de clase. Este pronóstico se vio plenamente confirmado.
pero la relación fundamental entre las clases se modificó
a causa de la guerra y sufrió una alteración temporal
bajo la presión del ejército como organización
de los campesinos declassés y armados. Esta formación
social artificial fue precisamente la que robusteció de
un modo extraordinario las posiciones de los conciliadores pequeñoburgueses,
concediéndoles un margen de ocho meses de experimentos,
que no les sirvieron más que para desangrar al país
y a la revolución.
Sin embargo, las raíces de esta política de conciliación
no deben buscarse exclusivamente en este factor del ejército
campesino. Hay que indagar en el propio proletariado, en su composición,
en su nivel político, los motivos que contribuyen a explicar
el predominio temporal de que gozaron los mencheviques y socialrevolucionarios.
La guerra operó enormes variaciones en la composición
y estado de espíritu de la clase obrera. Los años
que precedieron a la guerra se caracterizaron por el progreso
del movimiento revolucionario, pero este proceso viose interrumpido
por aquélla. La movilización fue concebida y llevada
a la práctica con un criterio que no era estrictamente
militar, sino que tenía mucho de policíaco. El gobierno
se apresuró a retirar de las cuencas industriales a los
obreros más activos e inquietos. Puede sentarse como hecho
indiscutible que en los primeros meses de la guerra la movilización
arrancó de la industria hasta un 40 por 100 de los obreros,
principalmente obreros calificados. Su alejamiento, que tan desastrosamente
repercutía en la marcha de la producción, levantaba
calurosas protestas por parte de los industriales, sobre todo
cuando mayores eran los beneficios que la industria de guerra
reportaba. Gracias a esto, se contuvo la destrucción total
de los cuadros obreros. La industria retenía los trabajadores
de que necesitaba, en calidad de movilizados. Las brechas abiertas
por la movilización fueron tapadas con elementos procedentes
del campo, gente pobre de las ciudades, obreros poco expertos,
mujeres, jóvenes. El tanto por ciento de las mujeres empleadas
en la industria era de un 32 a un 40 por 100.
El proceso de renovación y de enrarecimiento del proletariado
tomaba en la capital proporciones muy considerables. Durante los
años de la guerra, desde 1914 hasta 1917, el número
de fábricas que daban trabajo a más de quinientos
obreros aumentó en la provincia de Petrogrado en casi el
doble. Por efecto del cierre de las fábricas de Polonia
y sobre todo las de los países bálticos, y a causa
también, muy principalmente, del auge de la industria de
guerra, en 1917 concentrábanse en las fábricas de
Petrogrado cerca de cuatrocientos mil obreros, de los cuales treinta
y cinco mil se distribuían entre ciento cuarenta fábricas
gigantescas. Los elementos más combativos del proletariado
petersburgués desempeñaban en el frente un papel
muy considerable, contribuyendo no poco a formar el estado de
espíritu revolucionario del ejército. Pero los elementos
procedentes del campo que los reemplazaban y que eran, con frecuencia,
campesinos acomodados y tenderos, que buscaban en las fábricas
un asidero para no ir al frente, y con ellos las mujeres y los
jóvenes, eran mucho más sumisos que los obreros
corrientes. Añádase a esto que los obreros expertos,
que continuaban en sus puestos en concepto de movilizados -y eran
cientos de miles los que estaban en esta situación-, observaban
una prudencia extraordinaria por miedo a que les llevasen al frente.
Tal era la base social del ambiente patriótico que, ya
bajo el zarismo, reinaba en ciertos sectores obreros.
Pero este patriotismo no tenía ninguna firmeza. Las despiadadas
represiones militar y policíaca, la redoblada explotación,
las derrotas sufridas en el frente y el desbarajuste económico
del país, empujaban a los obreros a la lucha. Sin embargo,
durante la guerra las huelgas tenían casi todas un carácter
económico y eran mucho más moderadas que antes.
La postración del partido contribuía y eran mucho
más moderadas que antes. La postración del partido
contribuía a acentuar más todavía la de la
clase. Después de la detención y el destierro de
los diputados bolcheviques se desplegó, con ayuda de todo
un cuerpo de provocadores preparados de antemano, una batida general
contra las organizaciones bolchevistas, de la que el partido no
pudo rehacerse hasta la revolución de Febrero. En el transcurso
de los años 1915 y1916, la clase obrera diluida tuvo que
pasar por la escuela elemental de la lucha antes de que, en febrero
de 1917, las huelgas económicas parciales y las manifestaciones
de las mujeres hambrientas pudieran fundirse en una huelga general
y arrastrar al ejército a la insurrección.
Al estallar la revolución de Febrero, la estructura del
proletariado de Petrogrado era en extremo heterogénea y,
además, su nivel político, aun en los sectores más
avanzados, bastante bajo. En provincias, las cosas estaban aún
peor. Sin este retroceso determinado por la guerra en la formación
de la conciencia política del proletariado, que la hizo
caer otra vez en un estado de analfabetismo o semianalfabetismo
político, no hubiera podido concebirse tampoco aquel predominio
temporal de los partidos conciliadores.
Toda revolución enseña y, además, con gran
rapidez. En eso está su fuerza. Cada semana revelaba a
las masas algo nuevo. Dos meses equivalían a una época.
A fines de febrero, la insurrección. A fines de abril,
las manifestaciones armadas de los obreros y los soldados en Petrogrado.
A principios de julio, nueva acción, con proporciones mucho
más vastas y con consignas más atrevidas. A fines
de agosto, la intentona contrarrevolucionaria de Kornílov,
que las masas hicieron abortar. A fines de octubre, la conquista
del poder por los bolcheviques. Bajo estos acontecimientos, que
sorprenden por la regularidad de su ritmo, se operan profundos
procesos moleculares, que funden a los elementos heterogéneos
de la masa obrera en un todo político coherente. También
en esto la huelga desempeñaba un papel decisivo.
Durante las primeras semanas, los industriales, atemorizados por
los truenos de la revolución, que retumbaban entre la bacanal
de los beneficios de guerra, hicieron concesiones a los obreros.
Los fabricantes de Petrogrado accedieron incluso, con ciertas
reservas y restricciones, a conceder la jornada de ocho horas.,
Pero esto a los obreros no les bastaba, ya que el nivel de vida
descendía constantemente. En mayo, el Comité ejecutivo
viose obligado a reconocer que, ante el aumento ininterrumpido
de los precios de subsistencia, la situación de los trabajadores
«lindaba, para muchos, con el hambre crónica».
En los barrios obreros crecía el nerviosismo. Lo que más
angustiaba a la gente era la falta de perspectivas, la incertidumbre.
Las masas son capaces de soportar las más duras privaciones
cuando saben en nombre de qué hacen el sacrificio. Pero
el nuevo régimen se les revelaba, cada vez más marcadamente,
como la máscara de la vieja realidad contra la cual se
habían alzado en febrero. Y esto no tenían por qué
soportarlo.
Las huelgas cobran un carácter especialmente turbulento
en los sectores obreros más atrasados y explotados. A lo
largo de todo el mes de junio abandonan el trabajo, unos detrás
de otros, las lavanderas, los tintoreros, los toneleros, los dependientes
de comercio, los obreros de la construcción, los pintores,
los peones, lo zapateros, los obreros del cartón, los tocineros,
los ebanistas. Por el contrario, los metalúrgicos tienden
más bien a contener el movimiento. Los obreros avanzados
empezaban a ver, cada vez más claramente, que en las condiciones
económicas parciales no se conseguiría ninguna mejora
sensible, que era necesario remover los cimientos mismos. El lockout
no sólo hacía que a los obreros se les alcanzase
mejor la necesidad de implantar el control de la industria, sino
que les sugería la conveniencia de que el Estado tomase
en sus manos las fábricas. La cosa parecía tanto
más lógica cuanto que la mayoría de las fábricas
particulares trabajaban para la guerra, colaborando con fábricas
idénticas pertenecientes al Estado. ya en el verano de
1917 empiezan a hacer acto de presencia en la capital delegaciones
de obreros y empleados, que acuden de las distintas partes de
Rusia a solicitar que el Estado se haga cargo de las fábricas,
ya que los accionistas se niegan a seguir dando dinero. Pero el
gobierno no quería ni oír hablar de esto. La conclusión
era clara: había que cambiar de gobierno. Y como los conciliadores
se oponían a esto, los obreros les volvían la espalda.
En los primeros meses de la revolución, la fábrica
de Putilov, con sus cuarenta mil obreros, parecía una fortaleza
de los socialrevolucionarios. Pero su guarnición no resistió
durante mucho tiempo los ataques de los bolcheviques. A la cabeza
de los atacantes veíase casi siempre a Volodarski. Volodarski,
un antiguo sastre judío, que había vivido en Norteamérica
muchos años y conocía muy bien el inglés,
era un excelente orador de masas, lógico, expeditivo y
audaz. La entonación americana daba una gran fuerza de
expresión a su voz potente, que resonaba con acento claro
y preciso en aquellas asambleas, en que se congregaban miles de
obreros. «Al aparecer Volodarski en el barrio de Narva -cuenta
el obrero Minichev-, en la fábrica de Putilov, los obreros
de esa fábrica empezaron a írseles de las manos
a los señores socialrevolucionarios, y, a la vuelta de
unos meses, se pasaron a los bolcheviques.»
El incremento que tomaban las huelgas y la lucha de clases en
general robustecía casi automáticamente la autoridad
de los bolcheviques. En todos aquellos casos en que se planteaban
intereses vitales para los obreros, éstos convencíanse
de que los bolcheviques no abrigaban segundas intenciones, de
que no ocultaban nada y de que se podía confiar en ellos.
Cuando estallaba algún conflicto, todos los obreros sin
partido, los socialrevolucionarios y los mencheviques, se iban
con ellos. Así se explica que los Comités de fábrica
que batallaban contra el sabotaje ejercido por la administración
y por los patronos, se pusieran al lado de los bolcheviques mucho
antes que el Soviet. En la reunión celebrada a principios
de junio por los Comités de fábrica de Petrogrado
y sus alrededores, la proposición bolchevista obtuvo 335
votos por 421 votantes. Y, sin embargo, era un hecho revelador,
pues demostraba que, en las cuestiones fundamentales de la vida
económica, el proletariado de Petrogrado, que aún
no había roto con los conciliadores, se había pasado
de un modo efectivo al campo bolchevique.
En la asamblea sindical celebrada en junio pudo comprobarse que
en Petrogrado había más de cincuenta sindicatos
y que sus afiliados no bajaban de doscientos cincuenta mil. El
sindicato metalúrgico contaba con cerca de cien mil obreros.
En el transcurso del mes de mayo, el número de obreros
sindicados se dobló. La influencia de los bolcheviques
en los sindicatos crecía aún más rápidamente.
En todas la elecciones parciales a los soviets triunfaban los
bolcheviques. El primero de junio había ya en el Soviet
de Moscú doscientos seis bolcheviques por ciento setenta
y dos mencheviques y ciento diez socialrevolucionarios. Idénticos
cambios se producían en provincias, aunque con mayor lentitud.
Los efectivos del parido crecían sin cesar. A finales de
abril, la organización de Petrogrado contaba con cerca
de quince mil miembros; a finales de junio, el número de
afiliados era ya de treinta y dos mil.
En la sección obrera del Soviet de Petrogrado tenían
ya, por aquel entonces, mayoría los bolcheviques. Pero
en las asambleas mixtas de ambas secciones la mayoría aplastante
correspondía a los delegados soldados. La Pravda no se
cansaba de pedir elecciones generales. «Los quinientos mil
obreros de Petrogrado tienen en el Soviet cuatro veces menos delegados
que los ciento cincuenta mil soldados de la guarnición.»
En el Congreso de los Soviets celebrado en junio, Lenin reclamó
medidas serias para combatir el lockout, las expoliaciones y el
desbarajuste deliberado que en la vida económica introducían
los industriales y los banqueros. «Hay que dar publicidad
a los beneficios de los señores capitalistas, detener a
cincuenta o cien millonarios. Bastará con tenerlos encerrados
unas cuantas semanas, aunque sea con el régimen de favor
que se dispensa a Nicolás Romanov, con el solo fin de obligarles
a poner al descubierto los engaños, los manejos, los negocios
sucios que bajo el nuevo gobierno siguen costando millones de
rublos a nuestro país.» A los jefes del Soviet esta
proposición de Lenin les parecía monstruosa. «¿Es
que se puede variar el curso de las leyes que rigen la vida económica
con medidas de violencia contra unos cuantos capitalistas?»
Parecíales natural que los industriales dictasen a la economía
sus leyes conspirando contra la nación. Un mes después,
Kerenski, que dejó caer sobre Lenin todo el furor de su
indignación, no reparaba en detener a miles de obreros,
cuya opinión acerca de las «leyes que rigen la vida
económica» difería de la de los industriales.
El nexo entre la economía y la política habíase
puesto al desnudo. Ahora, el Estado, acostumbrado a obrar en calidad
de principio místico, obraba, cada vez con más frecuencia,
en su forma más primitiva, es decir, personificado por
destacamentos armados. En distintas partes del país, los
obreros hacían comparecer por la fuerza ante el Soviet
o arrestaban en sus domicilios a los patronos que se negaban a
hacer concesiones y algunos hasta a negociar. Se explica perfectamente
que las clases poseedoras distinguiesen con sus odios a la milicia
obrera.
El acuerdo primeramente tomado por el Comité ejecutivo
de armar al10 por 100 de los obreros no se había puesto
en práctica. Pero los obreros se las arreglaban para armarse
más o menos bien, debiendo tenerse en cuenta que en estas
milicias se encuadraban los elementos más activos. la dirección
de la milicia obrera estaba en manos de los Consejos de fábrica,
cuya jefatura iba concentrándose, poco a poco, en manos
de los bolcheviques. Un obrero de la fábrica de Moscú,
Postavchik, cuenta: «El primero de junio, inmediatamente
de elegirse el nuevo Consejo de fábrica con una mayoría
bolchevique..., se procedió a formar un destacamento de
ochenta hombres, que, a falta de armas, aprendía la instrucción
militar con bastones, al mando del camarada Lievakov, antiguo
soldado.»
La prensa acusaba a la milicia de cometer violencias y llevar
a cabo requisas y detenciones ilegales. Evidentemente, la milicia
obrera ponía en práctica la coacción; no
había sido creada para otra cosa. Pero lo imperdonable
era que aplicase la violencia a los representantes de una clase
que no estaba acostumbrada, ni quería acostumbrarse, a
ser tratada así.
El 23 de junio se reunió en la fábrica de Putilov,
fábrica que tuvo un papel dirigente en la lucha por la
subida de salarios, una asamblea, en la que estaban representados
el Consejo central de los comités de fábrica, el
buró central de los sindicatos y setenta y tres fábricas.
Bajo la influencia de los bolcheviques, la asamblea reconoció
que, en aquellas condiciones, si se planteaba la huelga en la
fábrica podían empeñar a los obreros petersburgueses
en una «lucha política desorganizada», por lo
cual proponía a los obreros de la fábrica de Putilov
que «contuviesen su legítima protesta», preparándose
para dar la batalla general.
En vísperas de esta importante asamblea, la fracción
bolchevique prevenía al Comité ejecutivo: «Esa
masa de cuarenta mil hombres... puede lanzarse a la huelga el
día menos pensado y echarse a la calle. Lo hubiera hecho
ya, de no haberla contenido nuestro partido; pero nada nos garantiza
que se consiga seguir conteniéndola en adelante. Y si los
obreros de la fábrica de Putilov se echan a la calle, es
indudable que arrastrarán consigo a la mayoría de
obreros y soldados.»
Los jefes del Comité ejecutivo consideraban estos avisos
como gritos demagógicos o, cuando no, celosos de su tranquilidad,
hacían caso omiso de ellos. Ellos, por su parte, vivían
apartados casi en absoluto de las fábricas y los cuarteles,
pues sus figuras atraían ya los odios de los obreros y
soldados. Sólo los bolcheviques gozaban del prestigio necesario
para evitar que los obreros y los soldados se lanzasen a acciones
dispersas. Sin embargo, la impaciencia de las masas se volvía
a veces incluso contra los propios bolcheviques.
En las fábricas y en la escuadra hicieron su aparición
algunos anarquistas, quienes no tardaron en revelar su inconsistencia
orgánica, como siempre, ante las grandes masas y los grandes
acontecimientos. A los anarquistas les era muy fácil negar
el poder político, no teniendo como no tenían la
menor idea acerca de la importancia de los soviets como órganos
del nuevo Estado. Justo es decir que, aturdidos por la revolución,
lo más corriente era que guardaran silencio en lo tocante
a la cuestión del Estado. Su independencia y originalidad
manifestábanse principalmente en pequeños tiros
de cohete. Las dificultades económicas y la exasperación,
cada día mayor, de los obreros de Petrogrado brindaban
a los anarquistas algunos puntos de apoyo. Incapaces de impulsar
seriamente la correlación de fuerzas sociales con sujeción
a la escala del Estado, propensos a entregarse como medida salvadora
a cualquier impulso que viniese de abajo, acusaban, no pocas veces,
a los bolcheviques de indecisión y hasta de pasteleo. Pero
no solían pasar de la protesta. El eco que las intervenciones
de los anarquistas despertaba en las masas servíales, a
veces, a los bolcheviques para pulsar la presión del vapor
en la caldera revolucionaria.